No se trata de buscar culpables
Cuando en terapia trabajamos la infancia, mi intención no es encontrar quién tuvo la culpa de que hoy una persona tenga determinadas dificultades.
Tampoco creo que todo lo que nos ocurre en la edad adulta pueda explicarse por lo que vivimos de niños.
La infancia es solo una parte de nuestra historia. Después vienen muchas otras experiencias, relaciones, pérdidas, decisiones y circunstancias que también nos van formando.
Pero nuestra historia temprana puede ayudarnos a comprender cómo aprendimos a relacionarnos con el mundo.
Un niño que creció sintiendo que tenía que portarse bien para recibir reconocimiento puede haber aprendido a estar muy pendiente de las necesidades de los demás.
Alguien que percibió que mostrar tristeza o miedo no era bien recibido puede haber aprendido a esconder sus emociones.
Y una persona que tuvo que asumir responsabilidades demasiado pronto puede haber desarrollado una gran capacidad para hacerse cargo de todo... pero también mucha dificultad para dejarse cuidar.
Estos aprendizajes pudieron ser útiles en aquel momento.
El problema aparece cuando seguimos utilizándolos muchos años después, incluso cuando ya no los necesitamos de la misma manera.
A veces entendemos algo que llevábamos años repitiendo
Una de las cosas que más me interesa de trabajar la infancia en terapia es cuando la persona empieza a darle un nuevo significado a algo que hasta entonces simplemente consideraba parte de su forma de ser.
“Es que yo soy muy exigente.”
“Siempre he sido independiente.”
“Necesito tenerlo todo controlado.”
“No sé pedir ayuda.”
“Me cuesta muchísimo decir que no.”
Durante mucho tiempo podemos pensar que esas características forman parte de nuestra personalidad y que simplemente somos así.
Pero cuando exploramos la historia de una persona, a veces aparece una conexión.
Quizá ser muy exigente fue una manera de conseguir reconocimiento.
Quizá controlar todo fue una forma de sentirse segura.
Quizá no pedir ayuda tuvo sentido cuando pedirla no era una opción.
Y entonces algo puede empezar a cambiar: dejamos de juzgarnos únicamente por lo que hacemos y empezamos a comprender para qué lo aprendimos.
Comprender no significa justificar
Para mí, este punto es importante.
Entender de dónde puede venir una determinada forma de actuar no significa justificarla ni resignarnos a seguir haciéndolo.
Al contrario.
Cuando comprendo que una reacción que hoy me hace sufrir tuvo una función en otro momento de mi vida, puedo empezar a relacionarme con ella de otra manera.
Puedo preguntarme:
“¿Esto que estoy haciendo ahora sigue siendo necesario?”
Y esa pregunta puede abrir posibilidades.
Porque quizá hoy ya no necesito estar pendiente de todo el mundo para sentir que merezco cariño.
Quizá puedo poner un límite sin sentir que estoy haciendo algo malo.
Quizá puedo mostrar vulnerabilidad sin experimentar que estoy perdiendo el control.
Lo importante no es quedarse en el pasado
Trabajar la infancia en terapia no significa pasar meses hablando de recuerdos y dejando de lado lo que está ocurriendo actualmente.
De hecho, para mí tiene sentido cuando aquello que descubrimos sobre nuestra historia nos ayuda a comprender mejor lo que está pasando en el presente.
La pregunta no es solamente “¿qué te ocurrió cuando eras niño?”, sino también:
“¿Cómo sigue apareciendo aquello hoy?”
Puede aparecer en una relación de pareja, en la manera de afrontar un conflicto, en cómo nos hablamos cuando cometemos un error o en aquello que esperamos constantemente de los demás.
Ahí es donde el trabajo terapéutico cobra sentido.
No se trata de cambiar el pasado. El pasado no podemos cambiarlo. Pero sí podemos empezar a cambiar la relación que tenemos hoy con aquello que vivimos.
Cada persona necesita trabajar su historia de una manera diferente
No todas las personas necesitan profundizar de la misma manera en su infancia.
Hay procesos en los que apenas es necesario hacerlo. En otros, aparece de forma bastante natural porque la persona necesita comprender determinadas experiencias para poder avanzar.
Por eso no entiendo trabajar la infancia como una obligación dentro de la terapia, sino como una posibilidad (muy recomendable) que puede ayudarnos a comprender mejor a la persona que tenemos delante, y, lo más importante, a que ella se comprenda mejor.
Y muchas veces, cuando una persona consigue entender de dónde vienen determinadas necesidades, miedos o formas de protegerse, empieza también a poder elegir.
Ya no se trata solamente de reaccionar como siempre.
Puede empezar a preguntarse qué necesita ahora, qué quiere conservar de su manera de ser y qué está preparada para dejar atrás.
Para mí, ese es uno de los sentidos más valiosos de trabajar la infancia en terapia: no para vivir en el pasado, sino para que el pasado tenga menos poder sobre nuestro presente.
Soy Joan Moreno i Maurel. Acompaño a personas que están atravesando momentos de dificultad, que quieren comprender mejor lo que les ocurre o que desean iniciar un proceso de autoconocimiento y cambio.
Mi propia experiencia con la Terapia Gestalt tuvo un papel importante en mi manera de entender la terapia. Para mí, acompañar no consiste en dar respuestas o decirle a alguien cómo debería vivir, sino en ayudarle a descubrir, desde su propia experiencia, qué necesita y cómo quiere estar en su vida.
Si quieres conocerme un poco mejor y saber cómo entiendo y trabajo la Terapia Gestalt, puedes visitar mi página Sobre mí.