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Sanar heridas emocionales

Joan Moreno i Maurel
3 de abril de 2023

Durante toda la vida vamos acumulando algunas vivencias que se convierten en situaciones inconclusas, y la tendencia natural de la mente humana de completar todo lo que percibe a veces genera desajustes que nos impiden vivir de una manera plenamente óptima, o directamente no nos dejan siquiera vivir bien.

Algunas de estas situaciones no resueltas o interpretadas de forma nociva son suficientemente importantes a nivel emocional como para limitarnos hasta el punto que no nos permiten desarrollarnos óptimamente, capando así nuestro potencial y causandonos sufrimiento. Estos asuntos inconclusos vician el aire que nos rodea al mismo tiempo que mantienen una lucha por ser resueltos.

Acumulando heridas

Nuestra vida es un constante interactuar con nuestro entorno, y no podremos hacerlo desde la serenidad si no partimos de una mente liberada de conflictos. Para identificar estos asuntos pendientes que todos/as tenemos, debemos observarnos con atención, dejándonos sentir, sin juzgarnos ni evitar el dolor que nos pueda hacer, sino aceptándolo como algo natural y al mismo tiempo buscar la forma de sanarlo.

Hay muchas situaciones que pueden ocasionarnos un conflicto no resuelto, pero la mayoría (¿todas?) son causadas por nuestra relación con los demás. El vínculo emocional influirá también en gran medida en el grado de frustración o malestar que nos haya causado la situación, por lo tanto, a la hora de buscar posibles conflictos pendientes de solucionar, debemos prestar especial atención a nuestra relación emocional con las personas que han formado parte de nuestro núcleo familiar, tanto por su presencia como por su ausencia.

 

Tu infancia

Es muy importante ponernos en la piel de nuestro “yo” niño/a, puesto que muchos conflictos emocionales se forman en los primeros años de vida. Lógicamente, no es nada sencillo viajar hasta ese “yo” niño/a, pero sólo el ejercicio de empatizar con el niño/a que fuimos será muy productivo y puede abrirnos el camino que nos lleve a comprender mejor lo que nos ocurre, o dicho de otra forma, a comprendernos mejor.

Nuestra personalidad se forma en los primeros años de vida, de niños vivimos más intensamente las emociones y no tenemos todavía las herramientas suficientes para gestionar todo lo que nos ocurre, y ahí empieza todo, o sino todo, sí todo aquello que determinará nuestra forma de ser y de relacionarnos.

 

El niño/a en la familia

Al observar la relación que hemos tenido con nuestro núcleo familiar, seguramente encontraremos que algunos asuntos pendientes se traducen en emociones dolorosas (miedo, frustración, rabia, resentimiento…). No es agradable tratar según qué temas familiares, y la tendencia general es evitarlos, y esto lo que hace es cronificar el problema. Intentamos evitar momentos incómodos y lo que conseguimos es mantener los obstáculos que van poniendo nuestras heridas en nuestro camino de vida. 

Por poner un ejemplo muy claro, es evidente que no podemos esperar que una persona tenga una autoestima equilibrada si ha tenido una carencia importante de cariño por parte de sus padres. Esta falta de autoestima causada por el poco cariño que recibió de quien se supone que se lo debe dar de forma natural es un claro ejemplo de situación pendiente a nivel emocional. Por lo tanto, ¿no es mucho mejor pasar por momentos incómodos durante el proceso de tratar este problema, con el objetivo alcanzable de sanar la autoestima, que no tratar nunca el problema y seguir viviendo con poca autoestima?

 

Heridas emocionales del pasado

Hay tantos posibles tipos de heridas como vivencias de cada persona. Situaciones similares pueden ser vividas de forma muy distinta por cada uno de nosotros/as.

Estas heridas condicionan la forma en cómo vivimos ciertas situaciones que se dan en nuestra vida. Por ejemplo, si tenemos una herida de abandono seguramente nos relacionaremos afectivamente desde la dependencia emocional.

Esta herida no sólo la podemos tener a causa de un abandono como tal por parte de alguno de nuestros padres, por poner un ejemplo típico, sinó que podemos habernos sentido abandonados por alguien importante (normalmente se trata de nuestros padres o quien nos haya criado), y la herida será la misma, lo que importa es la vivencia y hay que darle su lugar.

De nada sirve que me digan (o que yo me diga a mí mismo/a) que no fui abandonado/a si yo me sentí así. Esto es importante tenerlo en cuenta porque puede ser que detecte en mí un comportamiento que se corresponde con alguien con herida de abandono pero que yo no lo relacione con ninguna experiencia en la que pudiera nacer en mí una herida de abandono.

Esto puede ser un hilo del que tirar para ver si hay algo en mi vida que me haya podido crear esta herida. ¿Significa esto que seguro que tengo una herida de abandono? Es probable, pero no necesariamente, lo importante es poner atención en cómo vivo ciertas situaciones para intentar encontrar la forma de gestionar de forma distinta aquellas que me provocan sufrimiento.

 

¿Cómo identifico mis heridas emocionales?

Puede ser que tengas identificadas algunas heridas pero puede ser también que estés un poco más perdido o perdida. Identificar una herida puede ser el paso necesario para dejar de sufrir en ciertas situaciones de tu vida o para gestionar de otra forma más sana tu relación contigo mismo/a y con los demás. Una herida no siempre causa un sufrimiento directo e identificable, a veces la herida nos hace daño no permitiéndonos actuar sanamente en ciertas situaciones y esto nos puede hacer daño a nosotros mismos o a los demás

Puedes detectar situaciones que se van repitiendo en las que sientes un malestar y que te hacen pensar que quizá tienes algo a trabajar. Por ejemplo, quizá te das cuenta que sientes mucho dolor cuando se termina una relación de pareja. Si bien es normal pasar un duelo, y necesario, si el dolor te atrapa y no te permite seguir adelante con tu vida, o no puedes aceptar que estarás un tiempo triste, o, en definitiva, detectas que algo en ti no gestiona bien esas situaciones, puede que sea un buen asunto del que tirar del hilo para investigar si hay alguna herida infantil o un asunto inconcluso emocionalmente.

Otros ejemplos podrían ser: 

  • Necesito ser el centro cuando estoy socializando, necesito siempre la mirada de los demás
  • Necesito pasar desapercibido/a, no me gusta ser el centro, cuando lo soy siento ansiedad
  • No se estar solo/a
  • Necesito gustar a la gente
  • Siempre me comparo con los demás
  • Soy demasiado exigente conmigo mismo/a
  • Necesito tenerlo todo muy controlado, me manejo muy mal en la incertidumbre
  • Necesito nuevos estímulos constantemente para sentirme vivo/a y eso no me permite tener un mínimo de estabilidad
  • Vivo en la duda constante, me cuesta mucho tomar decisiones, cuando tengo que hacerlo sufro de mucha ansiedad y termino por tomar malas decisiones
  • Me siento invadido/a con facilidad y necesito escaparme de todo y todos
  • Tengo miedo al compromiso

La lista sería interminable, sólo tú sabes en primera persona qué es lo que te ocurre, en qué situaciones no estás cómodo/a o incluso sufres.

 

Te ayudo

Estas situaciones pendientes, estas heridas, muchas veces no son tan evidentes como algunos casos que he comentado, o no tienen su origen en un núcleo tan identificable como el familiar, sinó que son conflictos más sutiles, o emociones mal gestionadas incrustadas en nuestro ser, en nuestro cuerpo, y que, por lo tanto, cuesta mucho más identificar, tratar y sanar.

La memoria de asuntos incompletos o interrumpidos es dos o tres veces mayor que la memoria de asuntos finalizados. La situación inconclusa crea tensión y deja a la persona insatisfecha. Ejemplos de este fenómeno abundan en la vida cotidiana. Los asuntos no terminados exigen nuestra atención constante hasta que no son resueltos, como los sentimientos bloqueados que no pueden ser expresados, o un evento que mientras eludimos su significado viene a nuestro recuerdo de tanto en tanto.

Una vez hemos identificado el asunto que mantiene el conflicto en nuestra mente, debemos mirar cómo resolverlo, es decir, ver qué necesitamos para estar en paz y trabajar para sanarlo. A veces, el mero hecho de identificar el conflicto ya es suficiente, es como una revelación que nos ayuda a entender por qué actuamos de una determinada manera en ciertas situaciones, o cómo gestionamos ciertas cosas que nos pasan.

Sin embargo, normalmente no es suficiente con identificar el asunto pendiente, entonces debemos encontrar la manera de trabajar para resolverlo, siempre con una actitud constructiva, aceptando la situación y sabiendo perdonar y también perdonarnos.

Estos asuntos no resueltos nos influyen en nuestra forma de ser y actuar, y cerrarlos correctamente es la puerta a una convivencia más sana, con los otros, y con nosotros mismos.

Los asuntos inconclusos (lo que llamamos gestalts incompletas) es uno de los conceptos principales de la terapia Gestalt. ¿Tienes identificados tus asuntos inconclusos y tus heridas por sanar? ¿No tienes claro cuáles son y quieres identificarlos para poder sanarlos y crecer? Me ofrezco para acompañarte en tu camino de sanación emocional y autoconocimiento 🙂

 

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