Hay personas que llegan a terapia con algo muy concreto que quieren trabajar. Tienen una preocupación que les ronda la cabeza, han vivido una situación que les ha removido o necesitan hablar de algo que les está pasando. Otras, en cambio, llegan a la sesión y, cuando les pregunto cómo están o qué les gustaría trabajar ese día, responden algo parecido a: «Bien, no sé, no tengo nada en particular».No es algo que ocurra solamente al principio de un proceso terapéutico. A veces pasan las semanas y las sesiones transcurren de una manera similar. La persona sigue viniendo, parece que quiere continuar con la terapia, pero le cuesta encontrar algo que quiera poner sobre la mesa. Y, poco a poco, puede aparecer una dinámica en la que parece que sea yo quien tenga que encontrar qué hacer en cada sesión.¿Qué te pasa? ¿Qué te gustaría trabajar? ¿Hay algo que te preocupe últimamente?
Y, ante estas preguntas, a veces no aparece nada. O aparece un «no sé» que deja el espacio en silencio.
Como terapeuta gestalt en Barcelona o en sesiones de terapia online, te puedo acompañar:
¿Qué ocurre cuando no sabemos qué traer a terapia?
Lo primero que intento recordar es que no tener nada preparado para una sesión no significa necesariamente que la persona no quiera trabajar o que no esté comprometida con su proceso. De hecho, puede seguir viniendo precisamente porque siente que ese espacio le ayuda, aunque no sepa explicar muy bien de qué manera.
Pero también me parece importante no pasar por alto lo que está ocurriendo.
A veces nos cuesta identificar lo que sentimos o poner en palabras aquello que nos pasa. Podemos tener un malestar difuso, una sensación de insatisfacción o la impresión de que algo no termina de encajar en nuestra vida, sin saber exactamente por dónde empezar. Esperamos encontrar una explicación antes de atrevernos a explorar, cuando quizá necesitamos explorar precisamente para descubrir qué nos sucede.
En otras ocasiones, estamos tan acostumbrados a centrarnos en lo que necesitan los demás que nos cuesta preguntarnos qué necesitamos nosotros. Elegir un tema, expresar una preocupación o decidir qué queremos hacer con nuestro tiempo puede parecer algo sencillo, pero no siempre lo es.
Y también puede ocurrir que hayamos aprendido a esperar que sea otra persona quien nos diga qué hacer. Alguien que nos oriente, que nos haga las preguntas adecuadas o que nos proponga el siguiente paso. En ese caso, la dificultad para traer algo a sesión quizá no sea solamente una dificultad para hablar de nosotros mismos, sino una manera habitual de relacionarnos.
Por supuesto, no siempre hay una única explicación. Por eso, más que dar por hecho qué le ocurre a la persona, me interesa mantener abierta la curiosidad.
Cuando el terapeuta también forma parte de lo que ocurre
Como terapeuta, puedo intentar llenar ese vacío haciendo más preguntas, proponiendo ejercicios o buscando temas que puedan resultar interesantes. Y, en determinados momentos, hacerlo puede ser útil. No se trata de dejar a la persona sola frente a una dificultad que todavía no sabe cómo abordar.
Sin embargo, si siempre soy yo quien propone, pregunta, dirige y encuentra el siguiente paso, podemos acabar construyendo una relación en la que el cliente espera y yo hago.
Por eso, en ocasiones, me parece más interesante detenernos a observar lo que está pasando entre nosotros.
Podemos hablar de cómo es para esa persona llegar a una sesión sin saber qué decir. De si siente que debería traer algo importante. De si espera que yo le indique por dónde ir. De qué le pasa cuando le devuelvo la responsabilidad de elegir un tema. Incluso podemos explorar si esta manera de situarse le resulta familiar en otras relaciones de su vida.
No se trata de convertir cada silencio en un problema ni de exigir que el cliente llegue con los deberes hechos. Se trata de descubrir si hay algo significativo en esa dificultad y de ofrecerle la oportunidad de experimentarla de otra manera.
La terapia también consiste en aprender a elegir
Desde mi manera de entender la terapia Gestalt, no todo el trabajo consiste en hablar de los problemas que nos ocurren fuera de la consulta. También podemos prestar atención a cómo estamos en el presente, qué sentimos, qué evitamos, qué necesitamos y cómo nos relacionamos con la persona que tenemos delante.
A veces, el trabajo empieza precisamente cuando alguien dice que no sabe qué quiere trabajar en la sesión.
Quizá podemos detenernos en ese «no sé», observar qué aparece cuando no intentamos responder rápidamente y dar espacio a una sensación, una emoción o una necesidad que todavía no tiene nombre. O quizá podemos explorar qué significa para esa persona tener un espacio propio en el que no tiene que responder a las expectativas de nadie, pero sí puede empezar a preguntarse qué quiere hacer con él.
Mi intención no es que el cliente tenga siempre algo interesante que contarme. Tampoco que aprenda a producir temas para llenar cada sesión. Me interesa que, progresivamente, pueda reconocer mejor lo que le sucede y encontrar una manera propia de participar en su proceso.
Porque la terapia no consiste únicamente en que alguien nos ayude a encontrar respuestas. También puede ser un espacio para aprender a hacernos preguntas que antes ni siquiera nos planteábamos.
Y, a veces, una buena manera de empezar es precisamente esta: no saber qué decir y poder quedarnos ahí, sin tener que resolverlo inmediatamente.
Mi trabajo también consiste en entender qué está pasando
Como terapeuta, cuando me encuentro con esta situación, también intento preguntarme qué puede haber detrás de esa dificultad para traer algo a sesión. No quiero dar por hecho que la persona no sabe qué le pasa o que espera que yo haga todo el trabajo. Me interesa explorar qué le está ocurriendo y qué puede estar dificultando que se apropie de ese espacio.
A veces puede haber timidez o vergüenza. Quizá la persona teme exponerse demasiado, no sabe cómo empezar a hablar de algo íntimo o siente cierta inseguridad ante la posibilidad de que lo que trae no sea suficientemente importante. Puede que le resulte más fácil decir que no le pasa nada que arriesgarse a mostrar algo de sí misma.
En otras ocasiones, me encuentro con personas que están tan pendientes de los demás que les cuesta conectar con lo que quieren ellas. Se adaptan, tienen en cuenta lo que el otro necesita y procuran no molestar, pero, cuando les pregunto qué desean o qué les gustaría hacer, no encuentran una respuesta clara. Tal vez están más acostumbradas a responder a las expectativas ajenas que a detenerse a escuchar las propias necesidades.
Distinguir entre estas posibilidades es importante, porque no es lo mismo que alguien no se atreva a mostrar algo por vergüenza que el hecho de que le cueste reconocer qué quiere o qué necesita. Y tampoco quiero decidirlo yo de antemano: necesito conocer cómo lo vive esa persona.
Por eso, parte de mi trabajo consiste en observar, preguntar y explorar juntos qué sucede en esos momentos. A veces, el primer paso no es encontrar un tema del que hablar, sino comprender qué hace que resulte tan difícil elegirlo, expresarlo o compartirlo conmigo.